Sobre la crítica científica constructiva y la crítica personal destructiva


Es increíble y vergonzosa la cantidad de manipulaciones, invenciones y hasta falsedades que personajes de gran prestigio en el mundo académico han publicado acerca de la Atlántida y de las fuentes sobre la misma.

Uno de los autores que más contribuyó a que tales falsedades sean usadas por los funda-escépticos para tratar de desacreditar cualquier posibilidad histórica a la Atlántida, ha sido el muy renombrado y prestigioso (y no lo pongo en duda) académico francés Pierre Vidal-Naquet, quien en su empeño por desacreditar del todo la historia de la Atlántida y relegarla a un mero cuento inventado por Platón, tesis que mantuvo hasta su muerte, no hace muchos años, llegó al punto de tergiversar y alterar de un modo más que aberrante las mismas fuentes primarias, las cuales -no me sorprende- nunca expuso en griego o latín (como debe hacerse y de hecho hago siempre en mis libros), siendo así bastante difícil descubrirse tales alteraciones ni cómo algunas de sus “interpretaciones” de tales referencias o citas clásicas no se sostienen o son completamente absurdas. Más adelante publicaré un artículo detallado con algunos de los pasajes que considero más escandalosos.

Aclaro que no es mi intención ¡ni lo será nunca! intentar desacreditar a la persona, o sea, al autor, mi compromiso es con la precisión y el rigor histórico-científico, en este caso de todo lo referente a las fuentes sobre la Atlántida, y ello está por encima de cualquier persona, y de mi mismo, por supuesto, que cuando descubro que me he equivocado en una interpretación o traducción, lo reconozco públicamente (como se puede comprobar en mis escritos), y nunca me ha dolido prendas en reconocer tales errores o equivocaciones. Cuando critico, me limito a los argumentos, a las interpretaciones, afirmaciones, traducciones, etc., pero nunca a la persona ni al autor. Aclaro esto, por cierta persona que sigue tratando (incluso por privado) de avergonzarme porque dice que yo critico a otros autores. Pero tal persona no acaba de entender que la ciencia se construye así, en base a la crítica de los argumentos o métodos (siempre que sea sobre los argumentos, nunca sobre la persona). Del mismo modo que yo critico determinados argumentos o métodos de una obra determinada, otros pueden criticar mis argumentos y métodos.

La diferencia entre la falta de ética y de educación (y hasta de la mera maldad o buenas intenciones) no la marca la mera crítica científica objetiva y constructiva sino la crítica destructiva basada en argumentos ‘ad hominem’, es decir, dirigida a la destrucción de la persona, del autor, y no a los contenidos de su obra.

Y es que cualquier mediocre puede criticar a una persona o tratar de destruir la imagen, honor y prestigio de una persona, mediante insultos, difamaciones, calumnias, y acusaciones de cualquier tipo, pero muy pocos podrían realmente hacer una crítica ética y científica en condiciones, con conocimiento de causa, por ejemplo, una crítica filológica de un texto griego o latino o egipcio, sobre si este fue mal traducido o mal interpretado, y meterse así a diseccionar cuestiones filológicas y paleográficas de tales fuentes. Y esa es la razón por la cual las únicas críticas que se hallan contra mi persona, son justamente eso: críticas ‘ad hominem’ dirigidas a destruir mi imagen, dignidad y honor, críticas destructivas contra la persona, cuyo único objetivo es destruirme en lo personal, por creerse que destruyéndose a la persona se destruye su obra. Pero no existen verdaderas críticas científicas centradas exclusivamente en el argumento filológico, lexicológico o paleográfico en el que se basan mis investigaciones. Obviamente, porque tales críticas solo pueden provenir de auténticos expertos reconocidos en las materias que aplico en mis investigaciones, y aunque fueran investigadores amateur (como yo que me considero un Amateur), que hayan al menos demostrado tras muchos años de publicaciones ser buenos expertos o bien entendidos en materias tales como paleografía y lexicología del Griego y el Latín Clásicos, del Egipcio, del Fenicio y el Asirio-Babilónico, por sólo citar las lenguas más usadas en las fuentes que he reunido para mis investigaciones sobre la Atlántida.

Curiosamente, las única opiniones públicas conocidas sobre mi obra, provenientes de personas sí entendidas en la materias, gente del mundo académico universitario, son precisamente, positivas y edificantes y hasta de reconocimiento a mi labor y métodos de investigación, mientras que las críticas destructivas, dirigidas fundamentalmente hacia lo personal, cuyo principal objetivo es destruirme a nivel personal, provienen todas de unas pocas personas que no cuentan con ninguna titulación académica especializada en las disciplinas que aplico en mis investigaciones (epigrafía, paleografía y lexicología del Griego y el Latín Clásicos, del Egipcio, del Fenicio y el Asirio-Babilónico, etc.), ni han demostrado ser expertos ni siquiera amateur en tales disciplinas, reconocidos como tales tras muchos años de investigaciones, descubrimientos y publicaciones sobre tales materias. Así que es bien fácil sacar conclusiones de todo esto… El lector inteligente, ya puede saber cómo interpretar y entender todo este asunto.

Espero haber dejado bien claro que cuando critico algo, es por el argumento, por la interpretación, o método usado por un determinado autor, pero nunca mi intención es criticar a la persona y muchísimos menos querer destruir a la persona. Ello va por completo en contra de mi sentido ético y de mis principios. Y si alguna vez he publicado algo que pueda ser entendido como una crítica sobre una persona, si se analiza el contexto, se verá como no ha sido más que una lógica reacción defensiva contra alguien que estuvo intentando destruirme en lo personal, precisamente. Cualquier persona medianamente inteligente no tendría problema alguno en saber reconocer las claras y notables diferencias entre una crítica científica ética y constructiva y una crítica meramente destructiva, dirigida, principalmente, a la destrucción de la persona.

Un cordial saludo,

Georgeos Díaz-Montexano, agosto, 2013,

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